miércoles, 8 de abril de 2009

10. Beatriz en Westgate Road



Reconstruyo el poema empezando por el final. Luego
sigo las líneas punteadas hasta el primer verso. No se trata
de devolverlo a la vida mediante un masaje cardiaco,
o de escribir “nosotros” donde antes decía “ellos”,
ni de una honda mirada que salga a la superficie
como una batisfera. Es 1989 y corro bajo la lluvia
de regreso al hotel. Esquivo los charcos y aprieto los dientes
bajo un cielo jalonado de lianas eléctricas.
Estamos en un Londres al que nunca he regresado
aunque he vuelto muchas veces, y en un décimo piso
dibujas nuestros rostros en la pared blanca
buscando la sombra perfecta, un encuadre
que dé sentido a tus dedos cuando entre sin llamar
y aterido me desplome en una cama
que imita el movimiento del mundo al unirnos por los hombros
como un puente colgante. En una de tus cintas
aparezco sosteniendo una toalla. Cierro los ojos y me río,
y extiendo un brazo hacia una ventana, como si la noche
se metiese por una de mis mangas hasta rodearme por el cuello.
Estoy medio desnudo pero me siento a cubierto. Rezo
para que todo siga igual durante mucho tiempo,
un libro abierto sobre otro libro que jamás terminaremos.
Rezo como solo puede rezarse a los veinte años,
o a los ochenta, cuando te desgarran por dentro
cosas sin importancia demasiado importantes,
y todo lo que tienes son glándulas y enzimas,
una fe inquebrantable en las estaciones futuras,
en versos y metáforas como líneas enemigas
en una mano que aún no sabes descifrar.
Releo el antiguo poema, y luego su versión de ahora,
y comprendo que han cambiado pocas cosas:
la yugular del amor sigue latiendo sin freno
tras una herida oculta por la misma piel de entonces.

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