viernes, 17 de abril de 2009

11. Ejército diezmado



El pasado ya no inunda tus ojos como antaño:
la simiente de aquellos días, el deseo
que levantaba de la nada firmamentos y horizontes,
aquella poesía como medida de todas las cosas
y todas las personas obligadas a salvarnos
murieron por exceso de luz como hierba reseca.
Al escribir te sentías el primer vampiro del mundo
tentado por el suicidio. En tus dedos guardabas
piedras que se desintegraban al contacto con la luz,
pecados que eran la llave de hondas heridas voraces,
cuerpos devorándose a sí mismos en medio de la noche
y de tu cuarto a oscuras. El pasado ya no es la escala
de tu tiempo: has construido muros, pasadizos, hemisferios,
un foso repleto con las criaturas que te amaron
cuando el hambre era parte de la misma escritura,
y has olvidado los rituales que conducen hacia dentro,
las brújulas de pulsera creadas por tus propias manos,
todas las palabras que se alejan de las manecillas del reloj
por miedo a ser repetidas en el momento equivocado.

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