viernes, 19 de junio de 2009

20. Lo más profundo está en la superficie



Te has puesto la blusa de tu esposa y su collar de perlas
para que esto parezca irreversible.
No soy nadie de quien la muerte pueda separarte,
pero la vida tampoco se ha esforzado mucho
hasta este momento en el que te has afeitado el pecho
y lo has cubierto de cremas y lociones
que encontraste en su mesilla de noche. Ahora
te estiras en la cama, sonriendo,
y yo tengo miedo de encender la luz y mirarte a los ojos.
Tu cuerpo está caliente, como un sofá
en el que me acurrucase muerto de miedo
después de que te hayas levantado.
Querría estar borracho para poder perderme esto,
pero mi boca pronuncia perfectamente tu nombre.
¿Cómo has tardado tanto en darte cuenta?
El deseo tiene cavidades en las que la luz no entra.
Esta noche está pasando rápidamente para los dos,
y el tiempo deja su estela en la piel más pálida,
en charcos de sombra donde tú y yo no existimos.
Incluso estando desnudo intento imaginarte desnudo,
aunque por ello sufra doblemente.
Cuando acercas tu boca a mi cuello
pienso en ramas que se agitan, en árboles cortados
y troncos muertos navegando a la deriva.
Yo no creo en ti y tú tampoco crees en mí,
pero estos huesos son indistinguibles de la carne
y esta carne tiene corrientes subterráneas
que no siguen el dictado de ningún Dios,
de ninguna esperanza. “Te quiero”,
dicen unos labios pintados. “Te quiero”, dicen otros,
tras una descarga eléctrica. Y entonces los dos sabemos
que ha llegado el momento de respirar juntos
el uno encima del otro encima del otro
con la fuerza del que grita y extiende las alas
cuando se le niega el eco al decir “adiós”,
o “hasta nunca”. Pasamos los minutos hablando
con un alfabeto nuevo que intentamos descifrar.
Al levantarnos parecemos dos planetas
que huyen del firmamento. Dos niños que esperan
que alguien les lleve a casa y que se acabe el juego.
Al fin, vuelves a ser dueño de ti mismo,
de tu piel que tiembla y de tu sexo encogido,
y te miras al espejo, y ves un rostro camuflado en otro rostro,
los ojos de haber dormido nueve años, los hombros
marcados por dientes y colmillos. Y pienso:
esto no es lo que parece. Puedo explicarlo todo.

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