sábado, 1 de agosto de 2009

24. Testamento escrito en una servilleta



Abro la mano y las agujas de un reloj imaginario
forman decenas de círculos perfectos. En uno de ellos
escucho mi nombre en la megafonía del supermercado:
me he perdido, y mis padres me esperan en el punto de encuentro.
Pero el amor también consiste en separarse
y que la distancia sirva de alimento en un largo viaje,
así que aguanto unos minutos en la sección de juguetes
mirando resplandecientes cohetes y cápsulas lunares,
portaaviones de colores y un cubo traslúcido
que parece una nave alienígena descolgada del cielo.
Luego salgo corriendo por pasillos metálicos
perfumados con tiza y plastilina, enjugándome unas lágrimas
que no han brotado todavía, sabiendo ya que la sangre
vive en la garganta, pero también en las manos y en los labios
de un niño que tiene un mapa de todos los parques
y de todas las piscinas. Era consciente de que el sufrimiento
haría de mí una persona más libre y más fecunda.

Ahora que ya no nos asustan la ceguera o el silencio
y que para aspirar al amor hay que parecerse
al príncipe Lang Ling, de rostro tan dulce
que debía llevar una máscara horrenda
para arrastrar a sus tropas al combate y a la muerte,
ahora que vemos el futuro al abrir un botiquín
mientras nos acariciamos las venas y tragamos saliva,
ahora que llegamos a todas las estanterías y detenemos
el ritmo cardiaco a voluntad, ahora que mis padres
son unos ancianos que a veces me recuerdan
la irremediable voluntad de la sangre
por medio de un lenguaje cuyos símbolos
cambian continuamente y sin que nos demos cuenta,
ahora cierro los ojos y deseo con todas mis fuerzas
que alguien se acerque hasta mí
y me diga: “no tengas miedo, todo ha terminado,
volvamos a casa
”, agarrándome del brazo, difuminando
aquello que me ha convertido en un hombre obligado a prescindir
de la idea de que un día papá y mamá estarán muertos
y que sus cuerpos ya no tendrán otra memoria que la nuestra,
y que entonces cerraré mis manos, apretaré los puños,
y todo dará vueltas en mi mundo y también en el suyo
en un infierno al que llamaremos primero limbo
y luego purgatorio.

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