domingo, 24 de mayo de 2009

15. Criptonita



Todo aquello de lo que es capaz el tiempo: condenarnos a repetir
una historia dolorosa, convertir un cuchillo en otro espejo,
acabar con civilizaciones y ciudades, corroer sueños y alianzas,
no puede hacerte daño. Ahora estás en Lisboa
y hay un poema que te quema la garganta
cuando tragas saliva, o al quedarte sin resuello
tras una larga caminata, masticando una metáfora
líquida y fibrosa como una muestra de médula. Es un dolor
que siempre has relacionado con fragmentos de tu vida
en los que te levantabas sudando en mitad de la noche,
y luego podías aferrarte al mismo sueño a voluntad
con sus paisajes y sus rostros pegados a la almohada
como erizos venenosos. Tenías quince años, o veinte
y te bastaba el desgarro voraz de las palabras
para venirte abajo desde el punto más alto. Ahora
cierras los ojos y eres indestructible, abres los ojos
y eres indestructible, te precipitas por una oxidada barra
al agua estancada de ti mismo: restos de deseos,
borradores ilegibles y envoltorios de recuerdos;
y es como si escuchases el mecanismo que lo activa todo,
los sonidos subyacentes, los órganos hinchándose,
el rumor de la sangre corriendo por arterias y venas,
el aliento anónimo que se cuece en la memoria
y el pulso en el cuello de todo aquello que amaste
y convierte ahora el futuro en conciencia del pasado,
y te sientes como un soldado que acabada la guerra
no tiene aún noticias de la derrota
y sigue pintándose la cara para evitar ser capturado
por un enemigo que ya no existe. Es entonces
cuando tu mano se acerca al papel y tus dedos son arácnidos
al escribir cada palabra como si fuera la última.

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